La
discriminación a veces es sutil, susurrada por las palabras, discreta. Esconde un machismo cotidiano y aceptado, socialmente bien visto, un
menosprecio a la capacidad de las mujeres en distintos ámbitos de la
vida. La igualdad legal no se extiende a bromas y chistes, el tópico
sobrevive y perpetua la idea de inferioridad de la mujer.
La
RAE ayuda poco. Continua reticente a feminizar algunas profesiones,
insiste en el uso de masculino genérico y valida pequeños ramalazos
de machismo políticamente correcto.
El
lenguaje es la representación mental que tenemos del
mundo.
Limpiar, fijar y dar esplendor admitiendo una acepción de
sexo débil como propio de mujeres es lógico en una institución
que cuenta sólo con 8 académicas entre sus 43 miembros.
Parte de las puertas o ventanas en que entra el espigón del quicial, y en que se mueve y gira.
Fuera
de quicio
1. loc.
adv. Fuera del orden o estado regular.
Sacar
de quicio a alguien
1. loc.
verb. Exasperarlo, hacerle perder el tino.
Hay
personas que hacen la vida más bonita, otras que te son indiferentes
y algunas son como un castigo, con la habilidad innata de desatar lo
peor de uno mismo. No está mal tropezar de vez en cuando con alguien
que te saca de quicio. Es un buen espejo dónde mirarte. Si te dejas llevar por su juego, pierdes los papeles y acabas sin razones porque a gritos no puedes
argumentarlas.
Él, mientras, no pierde nada. Tú si. En algún momento, acabas convertido en el que levanta la voz, el que gesticula violeto, el que se derrumba sin control, hasta que después de la tempestad, llega la calma. Y
entonces, te sientes culpable por haber dejado que la rabia suba
desde la garganta al cerebro para envenenarte.
Tal
vez no puedes evitar soportarlo, pero si controlarlo y dejar de ser su
rehén. De ti depende enfadarte o dejarlo atrás, entrar al trapo
o ignorarlo, dejarlo crecer o minimizarlo. Ese dominio, lo tienes y
cuanto menos representa esa persona para tí, más fácil es.
Sin
concesiones. Ni un cambio ni un ápice de duda.
Míralo
despacio. No es tan grande como para desviarte.
- Rozar
con los pies las sabanas recién puestas - Los dibujos de los niños
pegados en la nevera - Andar descalza por casa - Tropezar con un
ambientador que recuerda La Llicorella - Un aperitivo que se va de
las manos
Tal
vez a los investigadores del Instituto de Medicina Celular de la
Universidad de Newcastle les costó mucho llegar a la conclusión
de que los hombres son más absurdos que las mujeres y para poder formular la
Teoría del Idiota Masculino con un revestimiento seudocientífico.
Con observar un poco, más que suficiente. No
era necesario recrearse en ejemplos como el del terrorista que abrió
su propia carta bomba cuando le llego devuelta por franqueo insuficiente o
el del latín lover que utilizó la lijadora como artículo erótico y
perdió un testículo.
Más
desconcertante en la forma que en el fondo. Contención. Estoy por añadir un ejemplo nuevo.
Los
Tres Monos Sabios se encuentran en
el Templo Tôshôgû de Nikkô, mausoleo construido en 1636 y dedicado
al fundador del shogunato Tokugawa, Tokugawa Leyasu. En los Establos Sagrados, el escultor Hidari
Jingoro talló en madera la estampa de los primates, Kikazaru, el que
no oye, Iwazaru, el que no habla y Mizaru, el que no ve.
Los tres monos eran mensajeros enviados por los
dioses para evidenciar las malas acciones de los hombres. Juntos y bien organizados pueden lograr metas inalcanzables por
separado. Kikazaru, sordo, ve y le explica a Mizaru lo que ve y se lo cuenta a Iwazaru, mudo, que no necesita hablar,
solo escuchar, ver, y decidir lo que mejor convenga. Cualquier otra
fórmula de comunicación entre ellos está, lógicamente, abocada al fracaso. Otra mirada nos lleva a pensar en la discreción como virtud: "No digas lo que sepas, no mires lo que no debas, no creas lo que dicen".
Su lenguaje
corporal puede aludir al pánico, a cómo reaccionamos ante algo que
nos aterra. El primer impulso ante el miedo es cerrar los ojos y
no verlo, no verbalizar para no darle fuerza y esperar.
Interpretaciones
al margen, su valor simbólico es tan fuerte que son una de las pocas
posesiones que tuvo Gandhi en vida y han llegado hasta el wasap.
El
Hombre de Arena me explica que el águila, cuando está en plena
madurez de su existencia, vuela hacia el Sol fijando en él la mirada
para ganar nitidez en la visión, y compensar así la perdida de agudeza por una
membrana opaca que acabará recubriendo su retina al entrar en la
vejez. Cuando el águila está a punto de deslumbrarse, es cuando más
ve.
Para
el hombre mirar fijamente al Sol es un esfuerzo contra natura. La
demencia de Van Gogh le hizo creer que sería inmortal si lograba
vencer al sueño y ver amanecer un día tras otro sin caer dormido. Ensimismado por su locura, se convirtió en adorador del sol hasta la obsesión,
cómo el águila, y la última época de su vida la cubrió de amarillos y girasoles como cósmicos símbolos
de luz y energía.
Las
ideas no se imponen, se proponen. La acción no se obliga, se
impulsa. El criterio no se fuerza, se forja. Nada mejor para que el
camino no sea tortuoso que hacerlo desde la delicadeza.
Resulta
difícil explicarle a quién no la tiene en qué consiste.
La
delicadeza no es melindrosa ni acaramelada, tiene elementos comunes
con la educación, pero la urbanidad no la suple, no es femenina ni
masculina, es cultivada y afable, implica respeto pero no es
distante, no necesita de la confianza ni de la cercanía, matiza las
relaciones humanas pero no las define. La delicadeza es el lenguaje de los pequeños detalles.
Cuando
es imprescindible pensar surge la abrumadora maquinaria del ruido, de un ruido constante, sordo, que parece infinito. En
el silencio dicen que viven la grandes respuestas, custodiadas por
las grandes preguntas, las que inquietan, renueven, escudriñan. Son ellas, las preguntas guardianas, las que dan miedo,
porque...dónde nos pueden llevar, qué implican, cuanto daño podría
hacernos una pregunta aparentemente inocente... El silencio no tiene todas las respuestas, pero sí tiene las mías. A mayor intensidad, menor claridad y más confusión. Crear espacios de tranquilidad, la respiración consciente y el viaje al interior permiten atisbar lo que
realmente eres, tener una percepción clara, sin excusas.
Tan simple y tan complejo como sujetar el temperamento para que las acciones reposen sobre la capacidad de pensar. Veinte minutos diarios de aislamiento para dar respuestas
adecuadas a preguntas de manual. ¿Qué
es lo justo? ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué estoy dispuesta a
perder? ¿Soy capaz? ¿Qué puedo aprender? ¿Voy a intervenir?
El
mecanismo para tomar decisiones depende del temperamento o de la
voluntad.
España
es el país de los galgos ahorcados. España es el país que no
aprecia la ternura inconcebible de un animal que se enreda con el
aire, dibujando piruetas imposibles. España es el país de
árboles con ramas asesinas, donde una infame cuerda siega una vida
tan ligera como la espuma. España es una tierra yerma que entierra
la poesía en sus entrañas muertas.
Los
galgos son poetas emboscados en el viento, que doblan las esquinas en
silencio, deslizándose como un brazo de agua escapado de una
acequia. Los galgos son poetas que se recortan contra la luna,
componiendo siluetas inauditas. Los galgos encabalgan las palabras o
saltan por encima de ellas, sorteando las tildes, tan arrogantes e
inflexibles. La tilde es una señora ridícula que se clava en las
palabras como una espina. Los galgos perturban su rutina, lanzándola
al viento, que juega con ella hasta que se aburre y la deja sobre un
tejado, donde se confunde con una ramita. A veces, acaba en un nido.
Allí recibe lecciones de humildad y acepta su dolorosa
intrascendencia. Las pisadas de los galgos no dejan huella. Son
veloces, aladas, casi etéreas. No les afecta la gravedad ni la
dureza de la piedra. Los galgos aceleran el movimiento de rotación
de la tierra, cuando la locura se apodera de ellos. Los ojos apenas
pueden seguir su vertiginosa galopada, pero gracias a sus carreras
escuchamos la música de las esferas.
Los
galgos se burlan de la ortografía estirando o doblando sus orejas.
Las orejas de un galgo pueden transformarse en una X, una Y o una LL.
Esforzándose un poco pueden esbozar la Ñ o el número Phi, el
número áureo donde se esconde Dios, jugando con una serie infinita
que deja con un palmo de narices a las maestras de escuela.
Las
maestras de escuela no entienden a Dios ni a los galgos. Dios es un
niño que utiliza los puntos suspensivos para cruzar los ríos. Los
arroja uno a uno y avanza a saltitos. Los que le sobran, se los
guarda en el bolsillo. Los galgos nunca se separan de Dios, pues
saben que les necesita para no extraviarse por los caminos, donde
acecha el hombre con una horca en la mano. Nos han dicho que Dios era
un anciano de barba blanca y piel arrugada, pero Dios es un niño
enfermo que aplaca su dolor, acariciando la huesuda cabeza de un
galgo.
Los galgos vigilan el mundo mientras Dios descansa.
The
Big Bang Theory está de bajón. A los guionistas les lastran diez
temporadas y los personajes empiezan a ser planos y previsibles.
Todos menos Sheldon, radicalizado en sus opiniones, su comportamiento
asocial y sus obsesiones compulsivas. Hace unos años, Chuck Lorre,
uno de los guionistas, desmintió haber construido al personaje con
parámetros de Asperger, uno de los trastornos del espectro autista,
probablemente porque banalizar una enfermedad mental con animo cómico
no sea políticamente correcto.
Es torpe, rechaza el contacto
con los demás porque se siente en un entorno hostil, está
obsesionado por la literalidad de las expresiones, reacciona de forma
unidireccional, y su falta de empatía le obliga a copiar las
emociones. Muestra curiosidad solo por determinados temas en los que
su inversión desmedida de tiempo y su memoria excepcional lo
convierten en un experto. Es matemático, porque es más fácil
entender una ecuación que al mundo.
Sheldon está de moda, pero no
es el único. Antes que él, "Rain Man' logró acercar al gran
publico el autismo en general y en concreto, el autismo en adultos.
La magistral interpretación de Dustin Hoffman estableció un
estereotipo algo cruel: todos los autistas cuentan con 'habilidades
especiales', y logran el triunfo.
Ya sobre el papel, Lisbeth Salander,
el personaje creado por Stieg Larsson en la saga Millennium, ancla su
sociopatía en el mismo síndrome, aunque al revestirlo de vanguardia
feminista es menos evidente. En la vida real, se identifica con este
síndrome a personalidades extremas como Tim Burton, Spielberg o Bill
Gates.
Como todas las visiones desde lejos, son “aspis”
exagerados y maniqueistas. Pero sin duda, ayudan a dar visibilidad a
un trastorno relativamente desconocido al poner en valor sus
potenciales capacidades y generar conciencia social.
La Aemet ha activado la alerta por riesgo importante de temperaturas mínimas. Los termómetros pueden caer hasta los -12º en el Pirineo. La situación se recrudecerá por el fuerte viento, que puede alcanzar rachas de 100 kilómetros.
Esta combinación hará que las sensaciones térmicas en muchas localidades se aproximen a los 20 grados bajo cero.
En el cajero hay un hombre que duerme entre cartones.
La
intención cuenta. Doble o sencilla, no pasó desapercibida para los
romanos y su vocablo latino “intentio”, con el que se designa
la orientación de la voluntad a un propósito. A partir de aquí,
han llovido divagaciones a miles sobre la naturaleza de la intención.
Inauguró
la saga Aristóteles, con su Moral a Nicómaco, que detalla con
paciencia cómo la intención se cruza con la voluntad y a la más
mínima se descruzan. La voluntad tiene una carga racional
mientras que la intención prefiere ser punzante.
Dónde
este la intención, que se quite lo demás. Esa esquirla del pensamiento es tan importante que
permite evaluar la naturaleza de un acto que no consumado,
calificarlo, definirlo... Santa Teresa de Jesús podría
haber homenajeado a Nicómaco con una caja de yemas y diciendo “sólo con la intención, basta”.
Kant
también insistió lo suyo. Nada más recomendable
que juzgar un acto, bueno o malo, según la intención de su autor,
aunque el resultado no se haya producido. Con este postulado y un
poco más, desarrolló una ética deontológica todavía versionada
por todos los colegios oficiales de medio mundo. Innegable que con el bachillerato antiguo ejercitabas la memoria.
Y
para que quieres más, hasta el Código Penal se pliega ante la intención y llega al concepto de dolo gracias a las teorías de
Frank y sus fórmulas para convertir algo subjetivo como la intención
en tasable, medible y repercutible sobre la pena.
“Soy un
esteta a la antigua usanza, alguien que vive y trabaja por la
belleza”.
El punto de
partida para despertar mi curiosidad sobre Franco Maria Ricci no
puede estar mejor anclado. Tú no tienes autoridad, pero tienes influencia, y él, un gusto exquisito y sobrio.
Le dedico
tiempo a verlo. Me fascina ese afán coleccionista que no
pretende ser exhaustivo sino hedonista, que recopila piezas sabias, estoicas ante lo
inevitable, sin pudor a mostrarse imperfectas, incompletas,
conmovedoras desde el defecto.
A los bustos
de Ricci no parece importarles el código Bushido. Apuesto lo
que quieras a que son más de Kintsukuroi, el arte de la resilencia
basado en que un objeto es más bello por haber estado roto y esas
grietas merecen volver a la vida cubriéndose de oro, celebrando
su fortaleza.
No es fácil
ser mujer en ningún rincón del mundo. No lo es en África, pero
tampoco creo que lo sea en Colombia, en los suburbios de París, o en
la sierra de Soria. básicamente porque esa revolución que
libera, no por anhelada, llega antes y a los hombres les cuesta dejar
de trabar palos en la rueda de la carreta. Guste o no, vivimos en un
mundo patriarcal, con una legislación paritaria que en la practica
flojea, insultamos en femenino porque el diccionario lo ampara y
permitimos cómplices una escala retributiva que trata con más
generosidad a hombres que a mujeres.
Las
estructuras arcaicas se aferran a lo cotidiano. Encuentran un buen
nicho de mercado en la televisión, en la publicidad, en los cómites
de dirección y en la lista Forbes. Y en la
literatura. La testosterona de Hemingway y Fitzgerald es venerada por “cipoutudos”
como Perez Reverte y Jabois, que cómo no podría ser de otra forma,
venden un huevo de novelas tabernarias habitadas por mujeres de
bandera y hembras que caminan contoneándosen con garbo.
Allá ellos y
las canciones de Sabina. Se han
perdido lo mejor: ser capaces de observar el mundo con la sibilina
inteligencia emocional de Lucia Berlin. Aprovecha
un rato zen para leerla. No es stalker, es woman worker, cruda y
real, acorazada y frágil al mismo tiempo, llena de contrastes y
desgarros. Vibra, contagia emoción. En cada
relato está la pluma que acaricia y pega al mismo tiempo, la
necesidad de entornar la tapa y frenar para descubrir la belleza del
desastre, de la miseria.
La comparan
con Carver.
Pero nadie
que escriba sobre Carver lo comparará con ella.
No me dio la mano, pero me levantó como pocos lo han hecho. Se detuvo en el camino porque decidió esperarme, confío en las ruinas que cargaba en el maletín. Construyó senderos porque no quería verme tropezar. Sabía que mis harapos no aguantarían un desprecio más, y me elogió, supo despertar en mí la confianza que habían apagado las descripciones.
Me tendió su mano, me regaló una sonrisa y con un pedazo de su vida llenó la mía.
Personas que llegan para revivirte Leo Romsog
El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay dos cosas que estorban a la acción –la sensibilidad y el pensamiento
El libro del desasosiego Fernando Pessoa
La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.
On the Road Jack Kerouac
Curiosa
Estratigrafia. La malaquita es básicamente un sulfato de cobre. Kapuzinsky no es primo de Rapunzel. No hay decoradores para janelas. El Código Bushido. Han muerto Berger y Pligia. Armando Rauf es un tipo que canta. La Nueva Era no es la de acuario, es el antropoceno. Lo ha dicho Tarkovski.