Intentio

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La intención cuenta. Doble o sencilla, no pasó desapercibida para los romanos y su vocablo latino “intentio”, con el que se designa la orientación de la voluntad a un propósito. 

A partir de aquí, han llovido divagaciones a miles sobre la naturaleza de la intención.

Inauguró la saga Aristóteles, con su Moral a Nicómaco, que detalla con paciencia cómo la intención se cruza con la voluntad y a la más mínima se descruzan. La voluntad tiene una carga racional mientras que la intención prefiere ser punzante.

Dónde este la intención, que se quite lo demás. Esa esquirla del pensamiento es tan importante que permite evaluar la naturaleza de un acto que no consumado, calificarlo, definirlo... Santa Teresa de Jesús podría haber homenajeado a Nicómaco con una caja de yemas y diciendo “sólo con la intención, basta”.

Kant también insistió lo suyo. Nada más recomendable que juzgar un acto, bueno o malo, según la intención de su autor, aunque el resultado no se haya producido. Con este postulado y un poco más, desarrolló una ética deontológica todavía versionada por todos los colegios oficiales de medio mundo. 
Innegable que con el bachillerato antiguo ejercitabas la memoria.

Y para que quieres más, hasta el Código Penal se pliega ante la intención y llega al concepto de dolo gracias a las teorías de Frank y sus fórmulas para convertir algo subjetivo como la intención en tasable, medible y repercutible sobre la pena.


Silenciar algo implica intención.
Intención cuando menos, dolosa.


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