Os
lo ruego, sed como esos soldados que han entrado los primeros tras
las alambradas de un campo de concentración … Y allí sus ojos…
¡Ah, os lo ruego, sed jóvenes como ellos!
Después
de tantos años estudiando la ética, he llegado a la conclusión de
que toda ella se resume en tres virtudes: coraje para vivir,
generosidad para convivir, y prudencia para sobrevivir.
Para
que la mujer llegue a su verdadera emancipación debe dejar de lado
las ridículas nociones de que ser amada, estar comprometida y ser
madre, es sinónimo de estar esclavizada o subordinada.
El
espejo se rompe y avanza la imagen de lo pequeño que olvidamos
hace tiempo. Con asombro vemos unos ojos de mirada limpia que
casi no podemos reconocer. Ha pasado tanto sobre nuestras
cabezas que el claro de esos ojos nos toca y es mejor estarse
quieta por un rato.
"A
veces también se me acaban las sonrisas para ti, a veces también se
me acaban las ganas de escribirte. Pero te quiero, ojalá lo
entiendas, siempre te quiero, pero a veces mis abrazos no tienen
calor y mi boca no sabe que decir… Pero te quiero, siempre te
quiero, cuando no te convengo, cuando no me soportas, cuando te odio,
te quiero.”
A
muy poca gente quiero de verdad, y de muy pocos tengo un buen
concepto. Mientras más conozco al mundo, más me desagrada, y el
tiempo me confirma mi creencia en la inconsistencia del carácter
humano y en lo poco que se puede fiar de las apariencias de bondad o
inteligencia.
… Muchos
años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel
Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su
padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de
veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río
de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras
pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era
tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para
mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por
el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su
carpa cerca de la aldea y con un grande alboroto de pitos y timbales
daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un
gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se
presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta
demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava
maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa
arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al
ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían
de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los
clavos y tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos
perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les
había buscado y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de
los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia
-pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de
despertarles el ánima.” José Arcadio Buendía, cuya desaforada
imaginación iba siempre más lejos que la magia, pensó que era
posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el
oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno:
“Para eso no sirve.” Pero José Arcadio Buendía no creía en
aquél tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo
y una partida de chivos por los dos lingotes imantados… Exploró
palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando en
voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar
fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un
cascote de óxido cuyo interior tenía la resonancia hueca de un
enorme calabazo lleno de piedras…
como una lima de dentista, y
la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de
palabras rotas. Que te crezca, en cada uno de los poros, una
pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas y
que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al espesor de tu
retrato. Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a
patadas; que un fanatismo irresistible te obligue a
prosternarte ante los tachos de basura y que todos los
habitantes de la ciudad te confundan con un madero. Que cuando
quieras decir: “Mi amor”, digas: “Pescado frito”; que
tus manos intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de
tirar el cigarrillo, seas tú el que te arrojes en las
salivaderas. Que tu mujer te engañe hasta con los buzones; que
al acostarse junto a ti, se metamorfosee en sanguijuela, y que
después de parir un cuervo, alumbre una llave inglesa. Que tu
familia se divierta en deformarte el esqueleto, para que los
espejos, al mirarte, se suiciden de repugnancia; que tu único
entretenimiento consista en instalarte en la sala de espera de los
dentistas, disfrazado de cocodrilo, y que te enamores, tan
locamente, de una caja de hierro, que no puedas dejar, ni por
un solo instante, de lamerle la cerradura.
Que los ruidos te perforen los dientes, Oliverio Girondo
Dos
piedras de sal en la pupila: Los puños bien cerrados,
apretando Las agudas aristas de cristal Me viene sangre en el
agua, mancha blanda, Navegando en los ojos, mientras el
grito Golpea fuerte en los dientes que lo degüellan: Al tiempo
que la sonrisa me disfraza El gruñido, la amenaza, el perro malo.
... Soplo
de embriagado recuerdo, agria melancolía, rescoldo que tu lengua
aún enciende en estas horas de strip-tease solitario en que
celebro en tu derrota todas las derrotas. Un año después y tu
pelo, tu largo pelo ardiendo desbocado entre mis manos, clavado
para siempre en esta almohada, recorriendo esta casa, sus rincones
y puertas como un viento insaciable que buscase su fin. Un año
después de ya no verte, definitivamente talando en tu
memoria, qué real sigues siendo, qué difícil herirte. La
sosegada certidumbre de esta mesa en que escribo puede tener la
pasión estremecida de tu piel y la ropa que el sillón
desordena puede ahora ocultar el temblor de tus pechos. Sobre
tu seco abierto y tus muslos de arena, sobre tus manos ciegas que
persiguen la noche, qué triste es el cuchillo, qué aciaga la
hoja. Un muerto con mi nombre y mis uñas mordidas, un cadáver
grotesco, me dicta estas palabras, me señala en los cuadros, en
la pared manchada, el destino de hoy, de este día cualquiera, al
borde de mi vida, al borde del invierno, al borde de otro año que
empieza con tu ausencia, al borde de mis ojos y tu voz que ahora
escucho.
Un
año después de ya no verte, mientras te escribo, odiando hasta
la tinta...
Salimos
del amor como de una catástrofe aérea Habíamos perdido la
ropa los papeles a mí me faltaba un diente y a ti la noción
del tiempo ¿Era un año largo como un siglo o un siglo corto
como un día? Por los muebles por la casa despojos
rotos: vasos fotos libros deshojados Éramos los
sobrevivientes de un derrumbe de un volcán de las aguas
arrebatadas y nos despedimos con la vaga sensación de haber
sobrevivido aunque no sabíamos para qué.
...sin
embargo sentía una gran nostalgia, de qué no podría decirlo, pero
era una gran nostalgia de una vida pasada y de una vida futura,
sostiene Pereira.
"¿Saben
lo que realmente desea el hombre? -inquirió el doctor, esbozando una
sonrisa burlona ante el rostro inmovil del barón-. Una de dos:
encontrar a alguien que sea tan estúpido como para poder mentirle, o
amar hasta el punto de que el objeto de su amor pueda mentirle a
él."
¿Sabes
lo que ocurre cuando haces daño a la gente? Dijo Ammu. Cuando dañas
a la gente, comienzan a quererte menos. Eso es lo que hacen las
palabras descuidadas. Hacen que la gente te quiera un poco menos.
Creé
esta librería como un hombre escribiría una novela, construyendo
cada habitación como un capítulo, y me gusta que la gente abra la
puerta de la misma manera que abren un libro, un libro que conduce a
un mundo mágico en su imaginación.
En
Inglaterra un niño pobre no tiene más esperanzas que un esclavo
ateniense de lograr esta libertad intelectual de la que nacen las
grandes obras literarias. Exactamente. La libertad intelectual
depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad
intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no sólo durante
doscientos años, sino desde el principio de los tiempos. Las mujeres
han gozado de menos libertad intelectual que los hijos de los
esclavos atenienses. Las mujeres no han tenido, pues, la menor
oportunidad de escribir poesía. Por eso he insistido tanto sobre el
dinero y sobre el tener una habitación propia.
Quisiera
olvidar, volver, a nacer y gozar a ojos cerrados de la novedad,
flor de las cosas, que se desvanece coma edad. Saludaría de
nuevo la luz, pero iría abriendo lentamente mi alma virgen y
mis párpados para saborear mi asombro.
Adivinaría
por mí mismo esos secretos que se nos enseñan. Yo solo iría
hacia los seres que amo y les pondría nombre;
extasiado
ante los abismos azules en que parece dormir el verdadero
Dios; escondería mis sublimes lágrimas en versos con cadencia
de infinito;
y
mi primer poema sería para ti, ¡oh mi dolor amado! Haría
estallar en un grito supremo un verso frágil como una flor.
Si
existe para nosotros un mundo en el que se sucedan días
mejores, que su faz no sea redonda, sino que se extienda sin
terminar jamás…
Y
que la belleza, de puro sabida olvidada de continuo, en una
sorpresa incesante nos proporcione una felicidad completa.
Lo
que quiero que sea lo que es lo que pudo haber sido lo que
nunca será lo que fue y lo que era lo que pudiera ser lo
que querré algún día que haya sido lo que quise que fuera lo
que a pesar de mí se obstina en ser lo que siempre soñé que
fuese un día. Las cuentas son exactas: yo soy el resultado.
"Se
entraba a la calle por un arco. Era estrecha, tanto que quien iba por
en medio de ella, al extender a los lados sus brazos, podía tocar
ambos muros. Luego, tras una cancela, iba sesgada a perderse
en el dédalo de otras callejas y plazoletas que componían aquel
barrio antiguo. Al fondo de la calle sólo había una puertecilla
siempre cerrada, y parecía como si la única salida fuera por encima
de las casas, hacia el cielo de un ardiente azul. En un recodo de la
calle estaba el balcón, al que se podía trepar, sin esfuerzo
casi, desde el suelo; y al lado suyo, sobre las tapias del jardín,
brotaba cubriéndolo todo con sus ramas el inmenso magnolio. Entre
las hojas brillantes y agudas se posaban en primavera, con ese sutil
misterio de lo virgen, los copos nevados de sus flores. Aquel
magnolio fue siempre para mí algo más que una hermosa realidad: en
él se cifraba la imagen de la vida. Aunque a veces la deseara de
otro modo, más libre, más en la corriente de los seres y de las
cosas, yo sabía que era precisamente aquel apartado vivir del árbol,
aquel florecer sin testigos, quienes daban a la hermosura tan alta
calidad. Su propio ardor lo consumía, y brotaba en la soledad unas
puras flores, como sacrificio inaceptado ante el altar de un dios"
Hay
que estar siempre borracho. Todo consiste en eso: es la única
cuestión. Para no sentir la carga horrible del Tiempo, que os rompe
los hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin
tregua.
Pero
¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero
embriagaos.
Y
mañana seguirán con fuego en los pies quemando olvido, silencio y
perdón, van saltando todos los charcos del dolor que sangró,
desparramando fe, las madres del amor...
Retiraste
mi mano de tu mano, y me has dañado el ser.
Ahora
aúllan los perros por los pinos y los astros conciertan en la
altura luz y muerte. Seco está el aire que mi casa habita, y
vaga la memoria por los caminos de la vida muerta. Débil
calor, pues donde fui feliz mora una sombra ardiente, un humo
que penetro con gran daño: una mirada otorga, entre la
nada, todavía piedad, amor, desdicha. La cueva del recuerdo es
muy oscura y es fría como el hielo, aunque nos mienta luz y
calor de hogar. Esto que fuimos se deshace lejos de la carne y
el alma, en el olvido de lo que nunca ha sido. Tan seguro lo
sé, lo acepto tanto, que no duele pensar en el fracaso de la
vida.
Pero
esta sed sí duele, este momento de espíritu y de carne, que me
exige felicidad, aunque yo sepa bien que luego es alimento del
olvido. La ausencia que precede y la que sigue conforman
nuestro ser, pero el presente se sabe luminoso en ocasiones. Con
un hambre cruel de realidad aúllo sordamente con los perros, miro
apagar el alba las estrellas, y he sentido mi mano desechada como
si ajena fuese.
Salimos
al cosmos preparados para todo, es decir: para la soledad, la lucha,
el martirio y la muerte. La modestia nos impide decirlo en voz alta,
pero a veces pensamos, de nosotros mismos, que somos maravillosos.
Entretanto, no queremos conquistar el cosmos, sólo pretendemos
ensanchar las fronteras de la Tierra. Unos planetas habrán de ser
desérticos, como el Sáhara; otros gélidos, igual que el Polo; o
bien tropicales, como la selva brasileña. Somos humanitarios y
nobles. No aspiramos a conquistar otras razas. Tan sólo deseamos
transmitirles nuestros valores y, a cambio, recibir su herencia. Nos
consideramos caballeros del Santo Contacto. Ésa es otra falsedad. No
buscamos nada, salvo personas. No necesitamos otros mundos,
necesitamos espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos.
Dicen
que a través de las palabras el dolor se hace más tangible, que
podemos mirarlo como a una criatura oscura, tanto mas ajena a
nosotros cuanto más cerca la sentimos. Pero yo siempre he creído
que el dolor que no encuentra palabras para ser expresado, es el mas
cruel, el mas hondo, el mas injusto.
Para
que pueda ser he de ser otro, salir de mí, buscarme entre los
otros, los otros que no son si yo no existo, los otros que me
dan plena existencia, no soy, no hay yo, siempre somos
nosotros, la vida es otra, siempre allá, más lejos, fuera de
ti, de mí, siempre horizonte, la vida que nos desvía y enajena
Porque
las horas de mi abuela fueron tartas de manzanas en el
horno, y motas de polvo acumulándose, y sábanas
poniéndose amarillas y costuras y dobladillos descosiéndose
inevitablemente, yo casi nunca me ocupé de una
casa, aunque la verdad es que me gustan las casas y
quisiera tener que hacerle la limpieza a una.
Porque
los minutos de mi madre fueron chupados con el zumbido de la
aspiradora, porque bailaba el vals con la lavadora y
se arrancaba el pelo esperando a que la repararan, yo mando
la ropa a la lavandería y vivo en una casa con
polvo, aunque la verdad es que me gustan las casas
limpias tanto como a cualquiera.
Soy
bastante mujer para que me encante amasar el pan tanto
como el tacto de las teclas de la máquina de escribir en
contacto con mis dedos, elásticos, resistentes. Y el olor
de la ropa recién lavada y el de la sopa que hierve
me
resultan casi tan queridos como el olor a papel y tinta.
Me
gustaría que no hubiera elección; me gustaría poder ser
dos mujeres. Me gustaría que los días fueran más
largos. Pero son cortos. Con que escribo mientras
se apila el polvo.
Estoy
sentada a mi máquina de escribir recordando a mi abuela y a
todas mis madres, y los minutos que perdieron queriendo a
las casas más que a sí mismas; y el hombre al que quiero
limpia la cocina gruñendo, sólo un poco, porque sabe que
después de todos estos siglos es más fácil para él que para mí.
En
los años de madurez, pocos hombres se acuerdan de cómo han llegado
a ser lo que son, de cómo han conseguido sus placeres, la concepción
del mundo, su mujer, su carácter, su oficio, sus éxitos, y sienten
no poder someterse ya a una transformación. Se podría incluso
asegurar que han sido víctimas de un engaño; es imposible aducir
una razón suficiente de que todo sucediera precisamente como
sucedió; podría haber sucedido también de otra manera; sólo
mínimamente los acontecimientos fueron producidos por ellos mismos,
en su mayor parte dependieron de las más variadas circunstancias:
del humor, de la vida, de la muerte de otros hombres; y se
precipitaron, en un momento dado sobre ellos. En la juventud aparecía
la vida como un mañana sin fin, llena de posibilidades y de nada en
todas direcciones, y ya al mediodía se presentó de improviso algo
que pretendía ser su vida; todo eso era tan sorprendente como verse
de pronto ante la persona con la que se ha mantenido correspondencia
epistolar durante veinte años sin conocerla personalmente,
habiéndosela imaginado antes distinta. Pero es todavía más extraño
el hecho de que nadie lo nota; todos adoptan a la persona con la que
se han cruzado, e incorporan su vida a la suya, juzgan sus
experiencias como la expresión de sus atributos; su destino es su
recompensa o su desgracia. Algo se ha comportado con ellos como una
cinta insecticida con una mosca: la aprisiona por un élitro y le
impide todo movimiento, la envuelve poco a poco hasta sepultarla en
una forma que no corresponde a la originaria. Conservan un recuerdo
vago de la juventud en que poseyeron algo así como una fuerza de
oposición. Ésta otra fuerza empuja y zumba, se resiste a reposar y
levanta una tempestad de movimientos de huida sin rumbo; la burla de
la juventud, su rebelión contra lo vigente, su disponibilidad para
todo heroísmo, para la propia abnegación y sacrificio, para el
crimen, su fogosa seriedad, su inconstancia, todo…
Pero
el hombre es un niño laborioso y estúpido que ha hecho del juego
una sudorosa jornada. Ha convertido el palo del tambor en una
azada, y en vez de tocar sobre la tierra una canción de júbilo se
ha puesto a cavarla. ¡Si supiésemos caminar bajo el aplauso de
los astros y hacer un símbolo poético de cada jornada! Quiero
decir que nadie sabe cavar al ritmo del sol y que nadie ha cortado
todavía una espiga con amor y con gracia. Ese panadero, por
ejemplo, ¿por qué ese panadero no le pone una rosa de pan blanco
a ese mendigo hambriento en la solapa?
Es
un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en
donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, debían de
estar escondidos por ahí y de repente decidieron salir a la luz, tal
vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega…
La
amargura que pisé y me pisó es un raro animal. Vive en
las costumbres del desastre. La noche que extiende su miedar en
una sola esquina no se mueve en los huérfanos de lengua. La
hermosura del pecho abre su colmenar sin techo en este sufre de
los pobres del mundo. ¡Allá cantara su olvidar de sí! No
puede en esta casa de la miseria en obra. Hojas que caen,
cicatrices de lo que nunca fue.
He
estado intentando convencerme de que abandonar a una persona no es lo
peor que se puede hacer. Puede resultar doloroso, pero no tiene por
qué ser una tragedia. Si uno no dejase nunca nada ni a nadie, no
tendría espacio para lo nuevo. Sin duda, evolucionar constituye una
infidelidad…, a los demás, al pasado, a las antiguas opiniones de
uno mismo.
Tal
vez cada día debería contener al menos una infidelidad esencial o
una traición necesaria. Se trataría de un acto optimista,
esperanzador, que garantizaría la fe en el futuro…, una afirmación
de que las cosas pueden ser no sólo diferentes, sino mejores.
"Apreciada
señora Lessep: Muchas gracias por permitirnos leer de nuevo “Los
zapatitos de muérdago”. Tras detenido análisis, hemos llegado a
la conclusión de que la mencionada obra sigue sin responder a
nuestras expectativas. Lamento que la frase “en este momento no
responde a nuestras expectativas” la haya llevado a usted a creer
que debía presentarla de nuevo. En el mundo editorial, “en este
momento” quiere decir “nunca”.
Las
palabras tienen algo especial. En manos expertas, manipuladas con
destreza, nos convierten en sus prisioneros. Se enredan en
nuestros brazos como tela de araña y en cuanto estamos tan
embelesados que no podemos movernos, nos perforan la piel, se
infiltran en la sangre, adormecen el pensamiento. Y ya dentro de
nosotros ejercen su magia.
Uno
no puede traer hijos a un mundo como éste; uno no se puede plantear
perpetuar el sufrimiento, ni aumentar la raza de estos lujuriosos
animales que no poseen emociones duraderas, sino sólo caprichos y
banalidades que ahora te llevan hacia un lado y mañana hacia otro.
¿Por
qué Haneke ubica esta historia de amor en la ancianidad? Para ello
quizá debamos interrogarnos acerca de qué lleva a un ser humano a
amar a otro. El amor al otro es un sentimiento que se crea con el
tiempo, que requiere tiempo. Deseo y enamoramiento son sus fuegos
artificiales aunque no por ello menos importantes, son las chispas
que nos abren a la posibilidad del amor. Deseo y enamoramiento son
dos afectos relativamente efímeros y volubles que, sin embargo, nos
abren a ese sentimiento más permanente y estable por el que el
otro pasa a ser alguien importante en nuestra vida, alguien a quién
sentimos querer a nuestro lado: alguien con quien construir camino.
Veo en ese aspecto el por qué Haneke situa el amor en nuestra pareja
de ancianos, una pareja que no sólo ha construido camino sino que se
halla - pasados los ochenta - ya en sus últimas andaduras...
Aquellas que quizá sean las más difíciles de su trayectoria.
(...) Úrsula
se preguntaba si no era preferible acostarse de una vez en la
sepultura y que le echaran la tierra encima, y le preguntaba a Dios,
sin miedo, si de verdad creía que la gente estaba hecha de fierro
para soportar tantas penas y mortificaciones; y preguntando y
preguntando iba atizando su propia ofuscación, y sentía unos
irreprimibles deseos de soltarse a despotricar como un forastero, y
de permitirse por fin un instante de rebeldía, el instante
tantas veces anhelado y tantas veces aplazado de meterse la
resignación por el fundamento y cagarse de una vez en todo, y
sacarse del corazón los infinitos montones de malas palabras que
había tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad.
Por
crítica literaria entiendo un discurso sobre las obras literarias
que pone el acento en la experiencia de la lectura, que describe,
interpreta, evalúa el sentido y el efecto que las obras tienen sobre
los (buenos) lectores, que no son necesariamente ni cultos ni
profesionales. La crítica aprecia, juzga; procede por simpatía (o
antipatía), por identificación y proyección: su lugar ideal es el
salón, del que la prensa no es más que un avatar, no la
universidad; su forma por antonomasia es la conversación.
Una
nostalgia silenciosa y prolongada le oprimió el corazón. No era
sólo nostalgia de aquel hombre, sino también de la oportunidad
perdida. Y tampoco sólo de esa oportunidad concreta sino de la
oportunidad como tal. Sentía nostalgia de todas las oportunidades
que había perdido, que había dejado pasar, que había evitado, e
incluso aquéllas que nunca había tenido.
No me dio la mano, pero me levantó como pocos lo han hecho. Se detuvo en el camino porque decidió esperarme, confío en las ruinas que cargaba en el maletín. Construyó senderos porque no quería verme tropezar. Sabía que mis harapos no aguantarían un desprecio más, y me elogió, supo despertar en mí la confianza que habían apagado las descripciones.
Me tendió su mano, me regaló una sonrisa y con un pedazo de su vida llenó la mía.
Personas que llegan para revivirte Leo Romsog
El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay dos cosas que estorban a la acción –la sensibilidad y el pensamiento
El libro del desasosiego Fernando Pessoa
La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.
On the Road Jack Kerouac
Curiosa
Estratigrafia. La malaquita es básicamente un sulfato de cobre. Kapuzinsky no es primo de Rapunzel. No hay decoradores para janelas. El Código Bushido. Han muerto Berger y Pligia. Armando Rauf es un tipo que canta. La Nueva Era no es la de acuario, es el antropoceno. Lo ha dicho Tarkovski.