Maduro
06:42
En
los años de madurez, pocos hombres se acuerdan de cómo han llegado
a ser lo que son, de cómo han conseguido sus placeres, la concepción
del mundo, su mujer, su carácter, su oficio, sus éxitos, y sienten
no poder someterse ya a una transformación. Se podría incluso
asegurar que han sido víctimas de un engaño; es imposible aducir
una razón suficiente de que todo sucediera precisamente como
sucedió; podría haber sucedido también de otra manera; sólo
mínimamente los acontecimientos fueron producidos por ellos mismos,
en su mayor parte dependieron de las más variadas circunstancias:
del humor, de la vida, de la muerte de otros hombres; y se
precipitaron, en un momento dado sobre ellos. En la juventud aparecía
la vida como un mañana sin fin, llena de posibilidades y de nada en
todas direcciones, y ya al mediodía se presentó de improviso algo
que pretendía ser su vida; todo eso era tan sorprendente como verse
de pronto ante la persona con la que se ha mantenido correspondencia
epistolar durante veinte años sin conocerla personalmente,
habiéndosela imaginado antes distinta. Pero es todavía más extraño
el hecho de que nadie lo nota; todos adoptan a la persona con la que
se han cruzado, e incorporan su vida a la suya, juzgan sus
experiencias como la expresión de sus atributos; su destino es su
recompensa o su desgracia. Algo se ha comportado con ellos como una
cinta insecticida con una mosca: la aprisiona por un élitro y le
impide todo movimiento, la envuelve poco a poco hasta sepultarla en
una forma que no corresponde a la originaria. Conservan un recuerdo
vago de la juventud en que poseyeron algo así como una fuerza de
oposición. Ésta otra fuerza empuja y zumba, se resiste a reposar y
levanta una tempestad de movimientos de huida sin rumbo; la burla de
la juventud, su rebelión contra lo vigente, su disponibilidad para
todo heroísmo, para la propia abnegación y sacrificio, para el
crimen, su fogosa seriedad, su inconstancia, todo…
El hombre sin atributos, Robert Musil

0 comentarios