La
cuerda cortada puede volver a anudarse, vuelve a aguantar,
pero está cortada. Quizá volvamos a tropezar, pero allí donde
me abandonaste no volverás a encontrarme.
Una
nostalgia silenciosa y prolongada le oprimió el corazón. No era
sólo nostalgia de aquel hombre, sino también de la oportunidad
perdida. Y tampoco sólo de esa oportunidad concreta sino de la
oportunidad como tal. Sentía nostalgia de todas las oportunidades
que había perdido, que había dejado pasar, que había evitado, e
incluso aquéllas que nunca había tenido.
Par
les soirs bleus d'été, j'irai dans les sentiers, Picoté par les
blés, fouler l'herbe menue : Rêveur, j'en sentirai la fraîcheur
à mes pieds. Je laisserai le vent baigner ma tête nue.
Je
ne parlerai pas, je ne penserai rien : Mais l'amour infini me
montera dans l'âme, Et j'irai loin, bien loin, comme un
bohémien, Par la Nature, - heureux comme avec une femme.
Hay
un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la
velocidad y el olvido. Evoquemos una situación de lo más trivial:
un hombre camina por la calle. De pronto, quiere recordar algo, pero
el recuerdo se le escapa. En ese momento, mecánicamente, afloja el
paso. Por el contrario, alguien que intenta olvidar un incidente
penoso que acaba de ocurrirle acelera el paso sin darse cuenta, como
si quisiera alejarse rápido de lo que, en el tiempo, se encuentra
aún demasiado cercano a él.
En
la matemática existencial, esta experiencia adquiere la forma de dos
ecuaciones elementales: el grado de lentitud es directamente
proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es
directamente proporcional a la intensidad del olvido.
He
repasado el rostro de todos los que ya partieron, reparo en el
momento que habré de enfrentar, y no quiero mostrar asombro, ni
miedo. Deseo que la vida me arrolle descontrolada, la furia de cien
bestias sobre mi espalda, aullar, desapareciendo en la bruma,
prometiendo regresar. Y no pediré perdón, ni deseo la limosna del
dolor de los pocos míos. Marcharé, que no me llevarán...
¡Ave,
Joven! Tú que has nacido con un vista aguda para las proporciones y
puedes manejarte con facilidad ante todas las formas. Puede ser que
cada vez más despierte alrededor de ti la alegría de tu vida y
sientas un jubiloso goce por el trabajo, el temor y la esperanza, el
del viñador que en la plenitud del otoño grita animoso al escanciar
en su vaso, el de la viva danza del segador cuando ha dejado la
hacendosa hoz atada al madero. Puede ser que en tu pincel esté más
virilmente vivo el nervio del deseo y del sufrimiento. Puede ser que
te hayas esforzado y que hayas sufrido bastante, y que hayas gozado
suficiente, y estés saciado de la belleza terrena. Puede ser que
seas digno de descansar en los brazos de la diosa, que seas digno de
sentir en tu pecho lo que hizo renacer al Hércules hecho
dios. Acéptalo belleza celestial, pues él lleva, mucho más que
Prometeo, los dones de los dioses a la tierra
Uno
puede enamorarse, -sin demasiado esfuerzo- varias
veces al día, a nada que se lo proponga y se mueva un poco
por ahí; y si es verano, ni te cuento.
Enamorarse
no tiene mayor mérito. Lo realmente difícil -no
conozco ningún caso-, es salir entero de una historia de
amor.
No
perdáis el tiempo ni en llorar vuestro pasado ni en llorar el
porvenir. Vivid vuestras horas, vuestros minutos. Las alegrías son
como las flores que la lluvia mancha y el viento deshoja.
En
mí te pierdo, aparición nocturna, En este bosque de engaños, en
esta ausencia, En la neblina gris de la distancia, En el largo
pasillo de puertas falsas.
De
todo se hace nada, y esa nada De un cuerpo vivo enseguida se
puebla, Como islas del sueño que entre la bruma Flotan, en la
memoria que regresa.
En
mí te pierdo, digo, cuando la noche Sobre la boca viene a colocar
el sello Del enigma que, dicho, resucita Y se envuelve en los
humos del secreto.
En
vueltas y revueltas que me ensombrecen, En el ciego palpar con los
ojos abiertos, ¿Cuál es del laberinto la gran puerta, Dónde
el haz de sol, los pasos justos?
En
mí te pierdo, insisto, en mí te huyo, En mí el cristal se
funde, se hace pedazos, Mas cuando el cuerpo cansado se quiebra En
ti me venzo y salvo, en ti me encuentro.
Todos
somos comunes. Todos somos aburridos. Todos somos espectaculares.
Todos somos tímidos. Todos somos intrépidos. Todos somos héroes.
Todos somos indefensos. Sólo depende del día.
Conglomerado
de consumos tristes, suma y montón de trampas recolección
anónima de los plurales de la muerte.
Y
enfrente, la pasión, vidamás de la vida, chispa en el
relámpago, deshielo de la belleza, escarapela sobre el corazón
del caos, látigo de muchas puntas.
Y
enfrente, el contemplador de ambos fracasos. Y también del
fracaso de contemplar el fracaso.
Y
es allí, en ese punto de madurez negativa, donde salta el
resorte: la fe en nada, la fe de fe, la fe que no tiene
enfrente, la fe que no es posible contemplar.
Nacemos
para vivir, por eso el capital más importante que tenemos es el
tiempo, es tan corto nuestro paso por este planeta que es una pésima
idea no gozar cada paso y cada instante, con el favor de una mente
que no tiene limites y un corazón que puede amar mucho más de lo
que suponemos
La
muerte siempre está en camino, pero el hecho de que no sepamos
cuando llegará parece restarle finitud a la vida. Lo que odiamos
tanto es esa terrible precisión. Pero como no sabemos, nos toca
creer que la vida es un pozo sin fondo. Sin embargo, las cosas
ocurren solo un determinado número de veces, en realidad, muy pocas.
¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una
tarde que forma una parte tan entrañable de tu ser que ni siquiera
puedes imaginar la vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más.
Quizás ni eso. ¿Cuántas veces más verás salir la luna llena?
Quizás veinte. Y sin embargo todo parece ilimitado.
Hace
ya varias noches que aún se oye el mar, leve, de aquí para allá,
a lo largo de las lisas arenas. Eco de una voz encerrada en la
mente que remonta desde el tiempo; y también este asiduo
lamento de las gaviotas: acaso de los pájaros de la torre, que
abril impulsa hacia el llano. En otro tiempo, con esa voz
estabas a mi lado; y quisiera que a ti también llegase, ahora,
un eco de mi memoria, como el murmullo oscuro del mar.
En
1945, mientras este día nacía, murió Hiroshima. En el estreno
mundial de la bomba atómica, la ciudad y su gente se hicieron carbón
en un instante. Los pocos sobrevivientes deambulaban, mutilados,
sonámbulos, entre las ruinas humeantes. Iban desnudos, y en sus
cuerpos las quemaduras habían estampado las ropas que vestían
cuando la explosión. En los restos de las paredes, el fogonazo de la
bomba atómica había dejado impresas las sombras de lo que hubo: una
mujer con los brazos alzados, un hombre, un caballo atado. Tres
días después, el presidente Harry Truman habló por radio. Dijo:
- Agradecemos
a Dios que haya puesto la bomba atómica en nuestras manos, y no en
manos de nuestros enemigos; y le rogamos que nos guíe en su uso de
acuerdo con sus caminos y sus propósitos.
Y
las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo: tu pelo,
otoño espeso, caída de agua solar, tu boca y la blanca
disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en llamas, tu
piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada, sitios en
donde el tiempo no transcurre, valles que sólo mis labios
conocen, desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre
tus senos, cascada petrificada de la nuca, alta meseta de tu
vientre, plata sin fin de tu costado.
tus
ojos son los ojos fijos del tigre y un minuto después son los
ojos húmedos del perro.
Siempre
hay abejas en tu pelo.
Tu
espalda fluye tranquila bajo mis ojos como la espalda del río a
la luz del incendio.
Aguas
dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla y en tus
costas, inmensas como los arenales de la luna, el viento sopla por
mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas grises
la
noche de los cuerpos, como la sombra del águila la soledad del
páramo.
Las
uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano.
Entre
tus piernas hay un pozo de agua dormida, bahía donde el mar de
noche se aquieta, negro caballo de espuma, cueva al pie de la
montaña que esconde un tesoro, boca del horno donde se hacen las
hostias, sonrientes labios entreabiertos y atroces, nupcias de
la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible (allí espera la
carne su resurrección y el día de la vida perdurable)
Patria
de sangre, única tierra que conozco y me conoce, única patria
en la que creo, única puerta al infinito.
Durante
toda la presencia del hombre sobre la faz de la Tierra, el cielo
nocturno ha sido siempre para él una compañía y fuente de
inspiración. Las estrellas son reconfortantes y parecen demostrar
que los cielos se crearon para beneficio del ser humano. Esta
patética vanidad se convirtió en la sabiduría convencional del
mundo entero. Ninguna cultura estuvo exenta de ella. Algunas personas
hallaron en los cielos una apertura hacia la sensibilidad religiosa.
Muchos se sienten sobrecogidos y humillados por la gloria y la
magnitud del cosmos. Otros, sienten el estímulo para manifestarse
con el más exagerado vuelo de su fantasía. En el mismo momento
en que el hombre descubrió la vastedad del Universo y se dio cuenta
de que aún sus más disparatadas fantasías eran ínfimas comparadas
con la verdadera dimensión hasta de la Vía Láctea, tomó medidas
para asegurar que sus descendientes no pudiesen ver las estrellas en
lo más mínimo. Durante un millón de años, los humanos se han
criado en contacto diario, personal con la bóveda celeste. En los
últimos milenios comenzaron a construir ciudades y a emigrar hacia
ellas. En el curso de las últimas décadas, gran parte de la
población, gran parte de la población humana abandonó una forma
rústica de vida. A medida que avanzaba la tecnología y se
contaminaban los centros urbanos, las noches se fueron quedando sin
estrellas. Nuevas generaciones alcanzaron la madurez ignorando
totalmente el firmamento que había pasmado a sus mayores y
estimulado el advenimiento de de la era moderna de la ciencia y la
tecnología. Sin darse cuenta siquiera, justo cuando la astronomía
entraba en su edad de oro, la mayoría de la gente se apartaba del
cielo en un aislamiento cósmico que sólo terminó con los albores
de la exploración espacial.
¿Hay
otro mundo para que este frágil polvo se entibie con vida y
vuelva a ser él mismo? Algo en mí responde a diario que sí, y
por qué el instinto debería alimentar las esperanzas en vano. Esta
es la profecía de la naturaleza: así será, y todo parece
esforzarse por explicar el sellado volumen de su misterio.
El
tiempo que marcha hacia adelante mantiene su paso como
aparentemente ansioso de eternidad, deseoso de encontrar esa
calma, ese lugar de descanso. Incluso la pequeña violeta percibe
un poder futuro y espera cada año para renovar sus
pétalos, seguramente el hombre no es inferior a la flor como
para morir indigno de una segunda primavera.
Mi
madre dice que leer es pensar —dijo Sofía—. No es que leemos y
luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que
parece escrito por nosotros pero que no ha sido escrito por nosotros,
sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha
escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar,
siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente
expresado lo que había estado, confusamente, no pensado aún por
nosotros.
Fue
en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón
y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces
el coraje no obtiene recompensa.
Sé
por qué pasan hambre los hambrientos de mis sueños. Sé quién es
aquel hombre. Sé quién es el perro. Sé por qué han de pasar
hambre. Sé lo que les quito. Sé por qué he de verlos. Lo sé todo.
Sé que nunca me abandonará la tortura de mi saber.
Los
hay que mueren de silencio de tragarse demasiadas palabras y del
cólico fenomenal que sigue y los hay que mueren por hablar
demasiado pues las paredes —al contrario que las tapias, que
están sordas— oyen.
Los
hay que mueren de cansancio de todo lo que hay que cambiar para
que nada cambie y hay quien muere de aburrimiento en esta feria
universal donde continuamente ocurren cosas y nunca pasa nada.
Hay
quienes mueren de miedo ante la mera sospecha de que podrían
darse de bruces con la verdad de sus actos y hay a quienes les
da tanto coraje que alguien pudiera sospechar que hay una verdad
tras sus actos que sencillamente se mueren.
Los
hay que no mueren nunca porque ya están muertos.
Cada
persona que pasa por nuestra vida es única. Siempre deja un poco de
sí y se lleva un poco de nosotros. Habrá los que se llevarán
mucho, pero no habrá de los que no nos dejarán nada. Esta es la
prueba evidente de que dos almas no se encuentran por casualidad.
(...) El
mundo cede y se desploma como metal al fuego. Entre
mis ruinas me levanto, solo, desnudo, despojado, sobre
la roca inmensa del silencio, como un solitario
combatiente contra invisibles huestes.
Llega
un momento en la vida en que la belleza del mundo ya basta por sí
sola. Uno no necesita fotografiarla, ni pintarla, ni siquiera
recordarla. Ya basta por sí sola. No es preciso registrarla y no
necesita a nadie para compartirla o hablarle de ella. Cuando eso
sucede, cuando se produce ese abandono, una abandona porque puede
hacerlo.
Hoy,
no sé por qué, el viento ha tenido un hermoso gesto de renuncia,
y los árboles han aceptado su quietud. Sin embargo (y es bueno
que así sea) una guitarra organiza obstinadamente el espacio de
la soledad. Acabamos sabiendo que las flores se alimentan en la
fértil humedad. Ésa es la verdad de la saliva.
… Aproveché,
como tenía por costumbre hacer en los últimos tiempos, el trayecto
del ascensor, para rumiar cuán poderosa palanca es el dinero y
cuántas puertas no puede abrir, cuántas cadenas romper, cuántas
percepciones nublar y cuánta malquerencia trocar en carantoñas. La
verdad es que nunca, en todos los años que llevo zascandileando por
este árido valle, me he visto en posesión del vil metal, como los
que no lo quieren bien lo llaman, y no estoy, por lo tanto,
autorizado para pontificar sobre los efectos deletéreos que quienes
lo conocen lo atribuyen. De la ambición y la avaricia puedo hablar,
porque las he visto de cerca. Del dinero, no. Precisamente, como sé
por experiencia, sirve para evitar a los que lo tienen el pringoso
contacto con quienes no lo tenemos. Y con toda honradez confieso que
no me parece mal: los pobres, salvo que las estadísticas me fallen,
somos feos, malhablados, torpes de trato, desaliñados en el vestir
y, cuando el calor aprieta, asaz pestilentes. También tenemos,
dicen, una excusa que, a mi modo de ver, en nada altera la realidad.
No es por ello menos cierto que somos, a falta de otra credencial,
más dados a trabajar con ahínco y a ser dicharacheros,
desprendidos, modestos, corteses y afectuosos y no desabridos,
egoístas, petulantes, groseros y zafios, como sin duda seríamos si
para sobrevivir no dependiéramos tanto de caer en gracia. Pienso,
para concluir, que si todos fuéramos pudientes y no tuviésemos que
currelar para ganarnos los garbanzos, no habría futbolistas ni
toreros ni cupletistas ni putas ni chorizos y la vida sería muy gris
y este planeta muy triste plaza.
… Esperaba
este recibimiento", dijo el demonio. "Todos los hombres
odian al desdichado, ¡Cómo, entonces, no voy a ser odiado yo, que
soy el más desgraciado de los seres vivientes! Hasta tú, mi
creador, me detestas y rechazas. Soy tu criatura, a quien estás
ligado por uniones que sólo pueden romperse con la aniquilación de
uno de nosotros. Tienes la intención de matarme. ¿Cómo te atreves
a jugar así con la vida? ¡Cumple con tu obligación hacia mí y yo
cumpliré con la que tengo contigo y el resto de la humanidad. Si tan
sólo cumples con mis condiciones, te dejaré a ti y a ellos en paz;
pero si te niegas, llenaré el buche de la muerte, hasta que esté
satisfecha con la sangre del resto de tus amigos!"
"¡Repugnante
monstruo! ¡Demoníacas son tus acciones! Las torturas de cielo son
una venganza demasiado benévola para tus crímenes. ¡Diablo
desgraciado! Me reprochas que te haya creado; ven, entonces, que
extinguiré la chispa que encendí tan inconscientemente...
(…)
Una vez comenzada la batalla, aunque estés ganando, de continuar por
mucho tiempo, desanimará a tus tropas y embotará tu espada. Si
estás sitiando una ciudad, agotarás tus fuerzas. Si mantienes a tu
ejército durante mucho tiempo en campaña, tus suministros se
agotarán. Las armas son instrumentos de mala suerte; emplearlas por
mucho tiempo producirá calamidades. Como se ha dicho: "Los que
a hierro matan, a hierro mueren". Cuando tus tropas están
desanimadas, tu espada embotada, agotadas tus fuerzas y tus
suministros son escasos, hasta los tuyos se aprovecharán de tu
debilidad para sublevarse. Entonces, aunque tengas consejeros sabios,
al final no podrás hacer que las cosas salgan bien.
Por
esta causa, he oído hablar de operaciones militares que han sido
torpes y repentinas, pero nunca he visto a ningún experto en el arte
de la guerra que mantuviese la campaña por mucho tiempo. Nunca es
beneficioso para un país dejar que una operación militar se
prolongue por mucho tiempo.
Como
se dice comúnmente, sé rápido como el trueno que retumba antes de
que hayas podido taparte los oídos, veloz como el relámpago que
relumbra antes de haber podido pestañear.
Por
lo tanto, los que no son totalmente conscientes de la desventaja de
servirse de las armas no pueden ser totalmente conscientes de las
ventajas de utilizarlas.
Qué
fácil callar, ser serena y objetiva con los seres que no me
interesan verdaderamente, a cuyo amor o amistad no aspiro. Soy
entonces calma, cautelosa, perfecta dueña de mí misma. Pero con los
poquísimos seres que me interesan. Allí está la cuestión absurda:
soy una convulsión.
Cuando
pasen los años, cuando pasen Los años y el aire haya
cavado un foso Entre tu alma y la mía; cuando pasen los
años Y yo sólo sea un hombre que amó, un ser que se
detuvo Un instante frente a tus labios, Un pobre
hombre cansado de andar por los jardines, ¿Dónde estarás
tú? ¡Dónde Estarás, oh hija de mis besos!
Sólo cuando el poeta y el científico trabajen conjuntamente se lograrán experiencias vivas y se conocerán las maravillas del universo a medida que se vayan descubriendo.
La
mayoría de la gente se vuelve loca por los coches. Se preocupan si
les hacen un arañazo y siempre están hablando de cuántos
kilómetros hacen por litro de gasolina, y no han acabado de
comprarse uno y ya están pensando en cambiarlo por otro más nuevo.
A mí ni siquiera me gustan los viejos. Quiero decir que no me
interesan nada. Preferiría tener un maldito caballo. Por lo menos
los caballos son humanos, por el amor de Dios.
Fragmento de
El Guardián entre el Centeno, Salinger
… Me
muero en esto, oh Dios, en esta guerra de ir y venir entre ellas
por las calles, de no poder amar trescientas a la vez, porque
estoy condenado siempre a una…
¡Sí! Cansado de
usar un solo bazo, dos labios, veinte dedos, no sé cuántas
palabras, no sé cuántos recuerdos, grisáceos, fragmentarios.
Cansado, muy
cansado de este frío esqueleto, tan púdico, tan casto, que
cuando se desnude no sabré si es el mismo que usé mientras
vivía.
Cansado. ¡Sí! Cansado por
carecer de antenas, de un ojo en cada omóplato y de una cola
auténtica, alegre, desatada, y no este rabo
hipócrita, degenerado, enano. Cansado, sobre todo, de
estar siempre conmigo, de hallarme cada día, cuando termina el
sueño, allí, donde me encuentre, con las mismas narices y
con las mismas piernas; como si no deseara esperar la rompiente
con un cutis de playa, ofrecer, al rocío, dos senos de
magnolia, acariciar la tierra con un vientre de oruga, y vivir,
unos meses, adentro de una piedra.
Algún
día los hombres descubrirán que el sueño vino después. Dios no
duerme, ni Adán dormía. Los infusorios no duermen, ni el diplodoco
podía. El elefante duerme dos horas y el perro todas las que puede.
No digo más. El hombre duerme para olvidar sus pecados; cada día
más, a medida que ha conquistado la noche. No digo más. Los muertos
no duermen. Yo, tampoco. Al que duerme, matarlo.
No me dio la mano, pero me levantó como pocos lo han hecho. Se detuvo en el camino porque decidió esperarme, confío en las ruinas que cargaba en el maletín. Construyó senderos porque no quería verme tropezar. Sabía que mis harapos no aguantarían un desprecio más, y me elogió, supo despertar en mí la confianza que habían apagado las descripciones.
Me tendió su mano, me regaló una sonrisa y con un pedazo de su vida llenó la mía.
Personas que llegan para revivirte Leo Romsog
El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay dos cosas que estorban a la acción –la sensibilidad y el pensamiento
El libro del desasosiego Fernando Pessoa
La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.
On the Road Jack Kerouac
Curiosa
Estratigrafia. La malaquita es básicamente un sulfato de cobre. Kapuzinsky no es primo de Rapunzel. No hay decoradores para janelas. El Código Bushido. Han muerto Berger y Pligia. Armando Rauf es un tipo que canta. La Nueva Era no es la de acuario, es el antropoceno. Lo ha dicho Tarkovski.