Credenciales
08:14
… Aproveché,
como tenía por costumbre hacer en los últimos tiempos, el trayecto
del ascensor, para rumiar cuán poderosa palanca es el dinero y
cuántas puertas no puede abrir, cuántas cadenas romper, cuántas
percepciones nublar y cuánta malquerencia trocar en carantoñas. La
verdad es que nunca, en todos los años que llevo zascandileando por
este árido valle, me he visto en posesión del vil metal, como los
que no lo quieren bien lo llaman, y no estoy, por lo tanto,
autorizado para pontificar sobre los efectos deletéreos que quienes
lo conocen lo atribuyen. De la ambición y la avaricia puedo hablar,
porque las he visto de cerca. Del dinero, no. Precisamente, como sé
por experiencia, sirve para evitar a los que lo tienen el pringoso
contacto con quienes no lo tenemos. Y con toda honradez confieso que
no me parece mal: los pobres, salvo que las estadísticas me fallen,
somos feos, malhablados, torpes de trato, desaliñados en el vestir
y, cuando el calor aprieta, asaz pestilentes. También tenemos,
dicen, una excusa que, a mi modo de ver, en nada altera la realidad.
No es por ello menos cierto que somos, a falta de otra credencial,
más dados a trabajar con ahínco y a ser dicharacheros,
desprendidos, modestos, corteses y afectuosos y no desabridos,
egoístas, petulantes, groseros y zafios, como sin duda seríamos si
para sobrevivir no dependiéramos tanto de caer en gracia. Pienso,
para concluir, que si todos fuéramos pudientes y no tuviésemos que
currelar para ganarnos los garbanzos, no habría futbolistas ni
toreros ni cupletistas ni putas ni chorizos y la vida sería muy gris
y este planeta muy triste plaza.
El
Laberinto de las Aceitunas, Eduardo Mendoza

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