Camaleón

09:23


Comencé a escribir a los ocho años, de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese, y a poca gente que leyese. El caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer, ir al cine, bailar claqué y dibujar. Un día empecé a escribir sin saber que me había encadenado, de por vida, a un amo noble pero despiadado. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo, y éste es únicamente para autoflagelarse.
Pero, por supuesto, yo no lo sabía. Escribí relatos de aventuras, novelas de crímenes, comedias satíricas, cuentos que me habían narrado antiguos esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero. Una diferencia sutil, pero feroz. Después de aquello, cayó el látigo.

Música para camaleones. Prefacio
Truman Capote


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