Querido
Marco: He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba
de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen
debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las
primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme
del manto y la túnica. Te evito detalles que te resultarían tan
desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un
hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del
corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento
conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por
el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de
la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es
difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es
difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo
veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de
sangre. Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese
compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma,
no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su
amo. Haya paz... Amo mi cuerpo; me ha servido bien, y de todos modos
no le escatimo los cuidados necesarios. Pero ya no cuento, como
Hermógenes finge contar, con las virtudes maravillosas de las
plantas y la dosis exacta de las sales minerales que ha ido a buscar
a Oriente. Este hombre, tan sutil sin embargo, abundó en vagas
fórmulas de aliento, demasiado triviales para engañar a nadie. Sabe
muy bien cuánto detesto esta clase de impostura, pero no en vano ha
ejercido la medicina durante más de treinta años. Perdono a este
buen servidor su esfuerzo por disimularme la muerte. Hermógenes es
sabio, y tiene también la sabiduría de la prudencia...
…Estoy
solo en la noche. El tiempo ya no existe. Nada existe en la noche,
que no existe tampoco. Yo sólo existo. Yo, que por ser loco y
triste, puedo soñar despierto para morirme un poco...
José
Ángel Sánchez Buesa. Fragmento de "Nocturno V"
Me
enamoré de ti cuando llorabas a tu novio, molido por la muerte, y
eras como la estrella del terror que iluminaba al mundo.
Oh
cuánto me arrepiento de haber perdido aquella noche, bajo los
árboles, mientras sonaba el mar entre la niebla y tú estabas
eléctrica y llorosa bajo la tempestad, oh cuánto me
arrepiento de haberme conformado con tu rostro, con tu voz y
tus dedos, de no haberte excitado, de no haberte tomado y
poseído, oh cuánto me arrepiento de no haberte besado.
Algo
más que tus ojos azules, algo más que tu piel de canela, algo
más que tu voz enriquecida de llamar a los muertos, algo más que
el fulgor fatídico de tu alma, se ha encarnado en mi ser, como
animal que roe mis espaldas con sus dientes.
Fácil
me hubiera sido morderte entre las flores como a las
campesinas, darte un beso en la nuca, en las orejas, y ponerte
mi mancha en lo más hondo de tu herida.
Pero
fui delicado, y lo que vino a ser una obsesión habría sido
apenas un vestido rasgado, unas piernas cansadas de correr y
correr detrás del instantáneo frenesí, y el sudor de una
joven y un joven, libres ya de la muerte.
Oh
agujero sin fin, por donde sale y entra el mar interminable oh
deseo terrible que me hace oler tu olor a muchacha lasciva y
enlutada detrás de los vestidos de todas las mujeres.
¿Por
qué no fui feroz, por qué no te salvé de lo turbio y perverso
que exhalan los difuntos? ¿Por qué no te preñé como
varón aquella oscura noche de tormenta?
Hace
muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar
de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer
bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida
afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas
temporadas.
Dice
la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia
observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez
más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por
las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca,
hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a
sí mismo.
De
esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba
con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises
viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber
imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba
cuenta de nada
La
Tela de Penélope o Quién engaña a Quién, Augusto Monterroso
Caronte
se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas eran una con su
cansancio.
Para
él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos
de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se
habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en
un pedazo de Eternidad.
Si
los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario, esto
habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos
iguales.
Tan
grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna
luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna
reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.
Era
extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales
cantidades. Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a
cincuenta. No era la obligación ni el deseo de Caronte considerar el
porqué de estas cosas en su alma gris. Caronte se inclinaba hacia
adelante y remaba.
Entonces
nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a
nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los Dioses
saben.
Entonces
un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó
estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Sólo
un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte grande y cansado remó y
remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.
Y
el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por
Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir
como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas
terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los
brazos de Caronte.
Entonces,
desde el gris y tranquilo río, el bote se materializó en la costa
de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en
tierra, y Caronte volteó el bote para dirigirse fatigosamente al
mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.
-Soy
el último -dijo.
Nunca
nadie antes había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie antes lo
había hecho llorar.
Ligera
vengas o ligera marches: Aunque tu corazón te augure pena, Valles
y muchos soles consumidos, Oréade, deja que tu risa brote Hasta
que el atrevido aire alpino Rice todo tu pelo flameante.
Ligera,
ligera... Siempre así: Las nubes que ciñen los valles
profundos A la hora del lucero vespertino Son los siervos más
sumisos: Amor y risas la canción confiesa Cuando está el
corazón más abatido.
(...) Hoy
no lució la estrella de tus ojos. Náufrago de mí mismo, húmedo
del brazo de las ondas, llego a la arena de tu cuerpo en que mi
propia voz nombra mi nombre, en que todo es dorado y azul como un
día nuevo y como las espigas herméticas, perfectas y
calladas. En ti mi soledad se reconcilia para pensar en ti.
Toda ha mudado el sereno calor de tus miradas en fervorosa
madurez mi vida.
Alga
y espumas frágiles, mis besos cifran el universo en tus
pestañas -playa de desnudez, tierra alcanzada que devuelve en
miradas tus estrellas.
¿A
qué la flor perdida que marchitó tu espera, que dispersó el
destino? Mi ofrenda es toda tuya en la simiente que secaron los
rayos de tus soles.
Al
poema confío la pena de perderte. He de lavar mis ojos de los
azules tuyos, faros que prolongaron mi naufragio. He de coger
mi vida desecha entre tus manos, leve girón de niebla que el
viento entre sus alas efímeras dispersa. Vuelva la noche a mí,
muda y eterna, del diálogo privada de soñarte, indiferente a
un día que ha de hallarnos ajenos y distantes.
Del aire soy, del aire, como todo mortal, del gran vuelo terrible y estoy aquí de paso a las estrellas, pero vuelvo a decirte que los hombres estamos ya tan cerca los unos de los otros que sería un error, si el estallido mismo es un error, que sería un error el que no nos amáramos.
Entonces,
doctor, ¿según usted todos los novelistas, hombres y mujeres, son
unos neuróticos?», pregunta André Maurois en "Tierra de
promisión". «Para ser más exactos», responde, «todos serían
unos neuróticos si no fueran novelistas... La neurosis hace al
artista, y el arte cura la neurosis.
(...)¿Quién
sabe lo que es un cuerpo, un alma, y el sitio en que se
juntan y cómo el cuerpo se ilumina y el alma se
obscurece, hasta fundirse, carne y alma, en una sola y viva
sombra? ¿Y somos esa imagen que soñamos, sueños al tiempo
hurtados, sueños del tiempo por burlar al tiempo?
En
soledad pregunto, a soledad pregunto. Y rasgo mi boca amante de
palabras y me arranco los ojos henchidos de mentiras y
apariencias, y arrojo lo que el tiempo deposita en mi
alma, miserias deslumbrantes, ola que se retira…
Bajo
del cielo puro, metal de tranquilos, absortos
resplandores, pregunto, ya desnudo: me voy borrando todo, me
voy haciendo un vago signo sobre el agua, espejo en un espejo.
(…)
Morir es desbordar el ámbito del mundo, que se inicia en los
vuelos suavísimos de las pequeñas aves cuando alaban airosas
las pujanzas del día; es cortar las tinieblas para alcanzar el
manso manantial de la luz; romper gloriosamente con los
estrechos límites que ahogan y torturan lo encendido del hombre en
sus estancias de tierra.
Juan
Panero, Fragmento "Consagración de la Sangre"
... una
tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas
de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había
empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la Bella, estaba
transparentada por una palidez intensa.
-¿Te
sientes mal? -le preguntó.
Remedios,
la Bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo
una sonrisa de lástima.
-Al
contrario -dijo-, nunca me he sentido mejor.
Acabó
de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le
arrancó las sábanas de las manos y las desplegó con toda su
amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de
sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en
el instante en que Remedios, la Bella, empezaba a elevarse. Úrsula,
ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la
naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced
de la luz, viendo a Remedios, la Bella, que le decía adiós con la
mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con
ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las
dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las
cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre.
Cien
años de Soledad, fragmento. Gabriel García Márquez
Españoles: el
llanto es nuestro y la tragedia también, como el agua y el
trueno de las nubes. Se ha muerto un pueblo pero no se ha
muerto el hombre. Porque aún existe el llanto, el hombre está
aquí en pie, en pie con su congoja al hombro, con su congoja
antigua, original y eterna, con su tesoro infinito para comprar
el misterio del mundo, el silencio de los dioses y el reino de
la luz. Toda la luz de la tierra la verá un día el hombre por
la ventana de una lágrima… Españoles, españoles del éxodo
y del llanto: levantad la cabeza y no me miréis con
ceño porque yo no soy el que canta la destrucción sino la
esperanza.
Las
cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay
más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los
seres humanos viven de un modo tan irreal, porque creen que las
imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo
interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, pero cuando se
conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino que elige la mayoría.
No
creo en dios y no me hace ninguna falta. Por lo menos estoy a salvo
de ser intolerante. Los ateos somos las personas más tolerantes del
mundo. Un creyente fácilmente pasa a la intolerancia. En ningún
momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones
han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros.
Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para
torturar. No creo en dios, no lo necesito y además soy buena
persona.
Es
una tarde mustia y desabrida de un otoño sin frutos, en la
tierra estéril y raída donde la sombra de un centauro
yerra. Por un camino en la árida llanura, entre álamos
marchitos, a solas con su sombra y su locura va el loco,
hablando a gritos. Lejos se ven sombríos estepares, colinas
con malezas y cambrones, y ruinas de viejos encinares, coronando
los agrios serrijones. El loco vocifera a solas con su sombra y
su quimera. Es horrible y grotesca su figura; flaco, sucio,
maltrecho y mal rapado, ojos de calentura iluminan su rostro
demacrado. Huye de la ciudad... Pobres maldades, misérrimas
virtudes y quehaceres de chulos aburridos, y ruindades de
ociosos mercaderes. Por los campos de Dios el loco avanza. Tras
la tierra esquelética y sequiza ¿rojo de herrumbre y pardo de
ceniza? hay un sueño de lirio en lontananza. Huye de la
ciudad. ¡El tedio urbano! ¿¡carne triste y espíritu
villano!?. No fue por una trágica amargura esta alma errante
desgajada y rota; purga un pecado ajeno: la cordura, la
terrible cordura del idiota.
Parecía
que estaban a punto de caerse, pero no: cuando ella tropezaba, la
sostenía él; cuando él se bamboleaba, lo enderezaba ella. A dúo
andaban, bien agarraditos el uno del otro, pegados el uno al otro en
los vaivenes del mundo. Eduardo Galeano
.. Pero yo sé guardar y usar lo triste
y lo barato en el mismo bolsillo donde llevo esta vida que
ilustrará las biografías. Ve, pequeño fantasma, el baño
está ahí al lado, yo fumaré esperándote empezaremos
otra vez. El cielo raso dibuja un gato, un número, una mano
cortada.
(...)
Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro
ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace
siete años, cuando mató a mi hermano.
Acaso
por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su
sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso
rayó y marcó la cara del negro.
Hay
una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo
dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo
entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre,
Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie,
amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda,
que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no
alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro
parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón
ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin
mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie.
Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había
matado a un hombre.
Flor
de cactus, flor que se ha arrancado A la sequedad del suelo. Ahí
era el desierto, la piedra dura, La sed y la soledad. Sobre la
palma de espinos, triunfante, ¿Flor, o corazón?
de una mujer ignota que
adoro y que me adora, que, siendo igual, es siempre distinta a
cada hora y que las huellas sigue de mi existencia errante.
Se
vuelve transparente mi corazón sangrante para ella, que comprende
lo que mi mente añora; ella me enjuga el llanto del alma cuando
llora y lo perdona todo con su sonrisa amante.
¿Es
morena ardorosa? ¿Frágil rubia? Lo ignoro. ¿Su nombre? Lo
imagino por lo blando y sonoro, el de virgen de aquellas que
adorando murieron.
Como
el de las estatuas es su mirar de suave y tienen los acordes
de su voz, lenta y grave, un eco de las voces queridas que se
fueron…
Algunas
personas, cuando ya han soportado demasiado y se han visto empujadas
más allá de los límites de su resistencia, simplemente se vienen
abajo y se rinden. Hay otras, aunque no son muchas, que por alguna
razón serán siempre inconquistables. Las encuentras en tiempos de
guerra y en tiempos de paz. Poseen un espíritu indomable y nada, ni
el dolor ni la tortura ni la amenaza de muerte, logrará que se
rindan.
Clase
media medio rica medio culta entre lo que cree ser y
lo que es media una distancia medio grande
Desde
el medio mira medio mal a los negritos a los ricos a
los sabios a los locos a los pobres
Si
escucha a un Hitler medio le gusta y si habla un Che medio
también
En
el medio de la nada medio duda como todo le atrae (a
medias) analiza hasta la mitad todos los hechos y (medio
confundida) sale a la calle con media cacerola entonces
medio llega a importar a los que mandan (medio en las
sombras) a veces, sólo a veces, se da cuenta (medio tarde) de
que la usaron de peón en un ajedrez que no comprende y que
nunca la convierte en Reina
Así,
medio rabiosa se lamenta (a medias) de ser el medio del que
comen otros a quienes no alcanza a entender ni medio
(...) Entre
tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de
noche se aquieta, negro caballo de espuma, cueva al pie de la
montaña que esconde un tesoro, boca del horno donde se hacen las
hostias, sonrientes labios entreabiertos y atroces, nupcias de
la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible (allí espera la
carne su resurrección y el día de la vida perdurable)
Patria
de sangre, única tierra que conozco y me conoce, única patria
en la que creo, única puerta al infinito.
Algunas
personas, cuando ya han soportado demasiado y se han visto empujadas
más allá de los límites de su resistencia, simplemente se vienen
abajo y se rinden. Hay otras, aunque no son muchas, que por alguna
razón serán siempre inconquistables. Las encuentras en tiempos de
guerra y en tiempos de paz. Poseen un espíritu indomable y nada, ni
el dolor ni la tortura ni la amenaza de muerte, logrará que se
rindan.
Cuando
estalla una guerra, las gentes se dicen: “Esto no puede durar, es
demasiado estúpido”. Y sin duda una guerra es evidentemente
demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez
insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara
siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran
como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo,
eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a
la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es
irreal, es un mal sueño que tiene que pasar.
En
general, creo que sólo debemos leer libros que nos muerdan y nos
arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta como un
puñetazo en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para
que nos haga felices, como dices? Cielo santo, ¡seríamos igualmente
felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hacen
felices podríamos escribirlos nosotros mismos si no nos quedara otro
remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una
desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos
más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos
desterrados a las junglas más remotas, lejos de toda presencia
humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que
quiebre el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo.
Franz
Kafka, fragmento de una carta a Oscar Pollack (1904)
Estuve
engañándoles durante un tiempo porque quería pulirme un poco, pero
sabía muy bien que jamás llegaría a ser una estrella de cine. Es
demasiado esfuerzo; y, si eres inteligente, da demasiada vergüenza.
Me falta el suficiente grado de complejo de inferioridad: para ser
una estrella de cine hay que ser, según dice la gente, tremendamente
narcicista; de hecho, lo esencial es no serlo en absoluto. No quiero
decir que el ser rica y famosa fuera a fastidiarme. Esas son cosas
que ocupan un lugar importante en mis planes, y algún día trataré
de conseguirlas; pero, si las consigo, querría seguir gustándome a
mí misma. Quiero seguir siendo yo cuando una mañana, al despertar,
recuerde que tengo que desayunar en Tiffany's.
… Infancia,
valle ameno, de calma y de frescura bendecida donde
es suave el rayo del sol que abrasa el resto de la
vida. ¡Cómo es de santa tu inocencia pura, cómo
tus breves dichas transitorias, cómo es de dulce en horas
de amargura dirigir al pasado la mirada y evocar
tus memorias!
No me dio la mano, pero me levantó como pocos lo han hecho. Se detuvo en el camino porque decidió esperarme, confío en las ruinas que cargaba en el maletín. Construyó senderos porque no quería verme tropezar. Sabía que mis harapos no aguantarían un desprecio más, y me elogió, supo despertar en mí la confianza que habían apagado las descripciones.
Me tendió su mano, me regaló una sonrisa y con un pedazo de su vida llenó la mía.
Personas que llegan para revivirte Leo Romsog
El mundo es de quien no siente. La condición esencial para ser un hombre práctico es la ausencia de sensibilidad. La cualidad principal en la práctica de la vida es aquella cualidad que conduce a la acción, esto es, la voluntad. Ahora bien, hay dos cosas que estorban a la acción –la sensibilidad y el pensamiento
El libro del desasosiego Fernando Pessoa
La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.
On the Road Jack Kerouac
Curiosa
Estratigrafia. La malaquita es básicamente un sulfato de cobre. Kapuzinsky no es primo de Rapunzel. No hay decoradores para janelas. El Código Bushido. Han muerto Berger y Pligia. Armando Rauf es un tipo que canta. La Nueva Era no es la de acuario, es el antropoceno. Lo ha dicho Tarkovski.